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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Francia. 1650. [La historia de un alma parte 2]

Mi alma viajó en el tiempo, durante las épocas de guerras y amores; siempre dispuesto a volver a la vida, a reencarnarme para volver a vivir, para volver a enamorarme. 
Hasta que llegó el momento de una nueva vida, una nueva realidad, donde me vi arrastrado a una nueva realidad.

Nací en una adinerada familia de Francia en la época del descartismo. Ni yo mismo sabía que me dedicaría a la filosofía, siguiendo el ejemplo del gran Descartes, mi ídolo. 

Mi vida era sencilla sin complicaciones, iba a las fiestas más prestigiosas acompañado de mis padres, mis hermanas y hermanos. Coqueteaba con las mujeres jóvenes; aunque por respeto a mi familia no llevaba ninguna a la cama. No le daba mucha importancia al amor, pero aún así dentro de mi ser, deseaba fervientemente poder vivirlo.

Los días para mí se resumían en paseos con mis compañeros, escribir mis ideas y leer ideas del resto de los seguidores del pensamiento. La vida en Francia era relajada, un hermoso país para crecer, para vivir. Debía admitir que aun así, cuando veía la lluvia caer, dentro de mi ser sentía una especie de angustia y una añoranza, aunque borraba esos pensamientos  lo más rápido que me fuera posible.
Todo cambio, cuando la vi. Ella. Solo ella. Nunca había visto una mujer más hermosa a esa. Su cabello rubio y rizado, su piel lechosa. Sus ojos verdes, mi corazón latió fuerte al ver aquellos ojos y, aunque en mi interior no me sentía del todo seguro acercándome a ella, no pude evitar sentirme atraído hacia ella. No quería comprender que algo malo se escondía detrás de aquel bello ángel.
Ella también se sintió atraída hacia mí, pero de una manera muy diferente a la que todos creían, incluso a la que yo mismo creía, me auto convencí de que ella me amaba.

Nuestra relación, empezó de una manera tranquila y pausada, pedí permiso al padre de la joven para cortejarla y este aceptó. Nos veíamos por las tardes, siempre acompañados. Paseábamos por la ciudad y las tiendas. Siempre tenía algún detalle para ella, una pequeña botella de perfume o algún detalle de bisutería. Ella era tan dulce y cariñosa.

No me di cuenta cuando el carácter de ella cambio, cuando imponía que le comprara algo, pero yo como un tonto enamorada ignoraba el presentimiento que nacía en mi interior. Continúe comprándole lo que ella me pedía y solicitando dinero a mis padres para consentirla. Nunca me plantee verdaderamente alejarme de ella, el miedo que sentía a que ella se alejara y a quedarme solo me cegaban.

Sabía que solo me quería por mi dinero, pero sencillamente quería mantenerla a mi lado. Era la mujer más preciosa que había visto nunca y mi atracción por ella era fatal, pero inevitable; del mismo modo que mi miedo a la soledad. Acabe yéndome de casa de mis padres, quienes me estaban obligando a dejarla; contando con su ayuda económica encontré una pequeña casa.

Nunca pensé que aquello podría llegar a pasar, realmente pensaba que ella era dulce e inocente, pero una noche la invité a cenar a mi casa, y ella acudió allí sola. Estuve nervioso toda la noche, sobre todo cuando ella, me entrego su cuerpo a cambio de un bonito collar de perlas. Aunque era algo inexperto en estos temas, no pude evitar darme cuenta de que ella no era virgen y a pesar de todo, seguía confiando en ella plenamente.

Se trasladó a vivir conmigo, sin preocuparse por lo que pensara la gente. Vivir con ella fue, realmente una vivencia aterradora; si no le llevaba un regalo todos los días se enfadaba y pataleaba como una niña mimada, cuando le llevaba regalo era todo amor y mimos. Gastaba mi dinero en lindos y caros ropajes; en lujosas joyas y perfumes. En deliciosa y suculenta comida. Yo vivía para servirla. Cuando mis compañeros filósofos empezaron a decir que ella me engañaba con otros hombres, sencillamente  no pude evitar reírme y llamarlos envidiosos. Me escondí detrás de una coraza inventada, ella me quería.

Al tiempo, llego lo que yo temía, el dinero no me llegaba para regalarle las cosas que le gustaban. Mis padres dejaron de darme dinero. Mis compañeros se habían distanciado de mi; me habían expulsado de mi trabajo y mis propios familiares habían empezado a evitarme. Me había quedado solo, solo con ella, eso solo incremento mi temor. 

Me gritaba a todas horas, yo intentaba calmarla y alegrarla con todo mi amor, pero ella se negaba aceptarlo. Me chillaba que yo ya no la quería, que no le daba lo que necesitaba lo que estaba hecho para ella. Pasaron algunas semanas antes de que nos echaran a la calle. En cuanto nos sacaron de la casa, ella cogió las cosas que le quedaban y se fue, dejándome solo una carta.

"Adiós. Debo admitir nunca te quise y que todo fue un engaño antes de partir en busca de algo mejor que lo que tú fuiste. Fue divertido jugar contigo y sacarte todo el dinero para mis caprichos. Antes de que te quedaras en la completa ruina conocí a un mejor partido, he decidido irme con él. Seguro que podrá darme lo que tú nunca me diste. Adiós."


Lágrimas empezaron a caer por mi cara cuando leí aquella carta, no me lo creía. Esos sentimientos guardados dentro de mi corazón habían salido con ella, pero ella no me quería, ni me necesitaba. No me di cuenta, ni si quiera entonces que yo tampoco la había querido que era un sencillo espejismo para auto engañarme y sentirme realizado.

Intente inútilmente buscarla por la ciudad. Quise regresar a mi antiguo trabajo, pero por la deshonra que caía en mí, me habían destituido. En aquella época era impensable que dos jóvenes viviesen juntos sin casarse.  Mi propia familia renegó de mí, no había querido escucharlos, les había robado dinero; en los últimos días cuando había quedado en bancarrota, y aunque pensaba que ellos no se darían cuenta, mi padre estuvo ojo avizor. Había perdido su respeto y su cariño, ellos me querían pero no confiaban en mí.

Derroche el dinero en alcohol y prostitutas, para alejar de mi todo sentimiento. Decidí marcharme de la ciudad, pedir dinero en las calles, se había convertido en mi trabajo y gastarme ese dinero en mis dos nuevos vicios era mi día a día.

Un día sentado en una de las calles más concurridas de la ciudad, la vi. A ella. No pude evitar seguirla, era tal mi odio hacia ella, quería cogerla y estrangularla, matarla; ver como perdía el brillo juvenil de sus ojos en mis manos. Iba demasiado borracho, pero aún así conseguí acercarme a ella y a su nuevo acompañante, un joven que parecía pertenecer a una familia de ricos, pero en cuanto mis manos se pusieron cerca de ella; un hombre me retiro hacia atrás, tan ciego había estado con mi deseo de venganza, que no había reparado en los dos guardias que escoltaban a la pareja.

- ¡Maldita mujer! - grité, ella me miró sorprendida, pero pareció reconocerme - Tu, por tu culpa, he llegado donde estoy ahora. Yo solo quería vivir y ser feliz, pero tu... ¡Maldita! - conseguí zafarme del agarre del hombre y acercarme de nuevo a ella. Antes si quiera de poder volver a tener mis manos encima de ella, me cogieron entre los dos hombres. 

- ¿Lo conoces? - pregunto el hombre que la acompañaba - Esta borracho - puso cara de asco.

- No - ella me miro sonriendo con malicia - Deshaceros de él - solicito a los guardias.

Estos me llevaron a un callejón apartado. Eso me pasaba porque no sabía estar solo. Eso me había pasado por confiar ciegamente, por no hacer caso a mi instinto. Apenas noté la paliza que aquellos dos hombre me dieron por simple diversión. Mi cabeza recordaba lo feliz que había sido dedicando mi tiempo a pensar en que sería la felicidad.

Cuando uno de ellos me clavo una daga en un costado de mi cuerpo, las lágrimas no habían dejado de caer. Sentía como mi cuerpo se quedaba vacío, sin vida; esperando una lenta muerte. Para dejar que mi dolor cesara por fin, para poder abandonar aquella maldita vida, que tanto me había hecho sufrir.

El alma salió del cuerpo, el filósofo conoció al druida por fin, sabiendo entonces de donde venían aquellos presentimientos acerca de la chica.

Haber muerto había calmado su dolor y su pena, pero no su sed de venganza, juntos en un mismo ser, viajaron por el tiempo de nuevo; buscando otro sitio donde emprender una nueva vida.

martes, 20 de septiembre de 2016

Irlanda (Eire). 832 a.C [La historia de un alma parte 1]

Mi energía nacía por primera vez, sentía como se vinculaba a la carne, los huesos a la vida. Lloré y lloré, no tenía experiencia y dentro de poco sin yo saberlo, seguramente olvidaría todo. Las almas, nacemos, morimos y nos reencarnamos, ese es nuestro ciclo.
Mi nacimiento me llevo a un pueblo de Irlanda, hijo de uno de los druidas de la población, mi destino empezaba con esta vida y estaba ansioso por vivirla.

La vida era sencilla en mi pueblo, yo era uno de los druidas de la región.  El tiempo que dedicaba al pueblo para mí era fundamental y mi cabaña en mitad del bosque, era mi castillo, no buscaba nada más, no necesitaba nada más. No vi que mi destino cambiaba, las runas nunca me avisaron a mí, pero al parecer ella sí que lo sabía.

Las invasiones vikingas empezaron pocos meses después a que mi antecesor muriera, todos vivíamos con temor, pero la sangre celta que corría en nuestras venas nos incitaba a luchar por nuestra tierra. El dolor del pueblo se grababa en cada uno de nosotros y nuestros gritos de guerra entonados en el ardor de la batalla resonaban en cada valle y colina. Yo no esperaba sobrevivir aquellas guerras.


El día en que ellos llegaron a mi pueblo, reconocí el horror en la cara de mi gente, escuché sus gritos y a pesar de no saber batallar cogí la espada más cercana y decidí dar mi vida por los míos. Yo no esperaba que en mitad de la batalla una joven se adentrara en mitad de los dos grupos y parara el enfrentamiento, la sangre de ambos bandos estaba esparcida por el suelo del verde del valle y ella resplandecía bajo la lluvia que caía sobre nuestras cabezas. En cuanto nuestras miradas se encontraron, ella me señalo y me apresaron.

Hasta más tarde no sabría porque había sido yo el elegido, pero decidí sacrificarme por mi pueblo, nuestra gente ya habría sufrido bastante; y si con mi vida podía salvar la suya, me entregaría sin temor alguno.

Aquella misma noche en la que me capturaron me dejaron desnudo y me obligaron a tumbarme, todo aquello me parecía un acto de magia negra, y a pesar de ser poderoso, no quise combatir contra ella. Todos mis pensamientos se nublaron, cuando la joven que me había escogido atravesó el círculo de llamas. Su cuerpo curvilíneo brillaba bajo las llamas. Cuando empezó a cantar yo no pude dejar de mirarla, había algo erótico y poderoso en los gestos y el cántico de la muchacha. Cuando estuvo enfrente de mí, me miró a los ojos y se colocó a horcajadas sobre mí, uniéndonos a ambos de manera carnal.
Después de aquello, yo sabía que no podría volver a mi pueblo, me había enamorado de ella y ella me retenía a su lado. La paz entre mi pueblo y el suyo se firmó, en cuanto nuestros cuerpos se unieron. Cada día que pasaba me sentía más atraído hacia ella, y llegó el día en el que volvimos a unir nuestros cuerpos y al mismo tiempo decidimos unir nuestros corazones.

Los vikingos habían dejado de asediar al resto de Eire y pretendían aposentarse en estas tierras, la mayoría de la población seguía luchando porque esto no pasara,  la otra parte los aceptaba.
Yo seguía con ellos, había intentado volver a mi pueblo, con ella, y aunque intente explicarles que la paz se había firmado, me negaron la entrada y me desterraron, lloré. Mi alma pertenecía a Eire, mi magia era fruto de la magia de las hadas y los dioses, supliqué a estos para que mi pueblo me perdonara, pero mi bruja me dijo que mi destino se había escrito y que yo ya no podía residir más en aquel lugar.

La noticia de mi destierro voló y me vi repudiado por mi propio pueblo así que decidí viajar con los vikingos.

Viajamos por el país camino a los barcos vikingos, mi bruja debía volver a su pueblo, ella había sembrado su semilla en esa tierra lejana, y acabada su función, debía volver. Cuando llegamos a los acantilados mi bruja me dejo decidir entre viajar con ella a sus tierras, y vivir allí; por primera vez no había visto la elección que yo iba hacer, puesto que mi corazón también estaba dividido entre mi amor por ella y el amor que yo profesaba por mi tierra. Le di la espalda y miré la verde explanada, había hecho una promesa a mi tierra y le había hecho una promesa a ella. Observé los verdes campos, vislumbré el cielo de ese gris precioso, auguraba lluvia, pero esa vez con mi corazón partido y mi destino esperando mi elección, la lluvia me parecía una despedida. Me giré de nuevo hacía mi mujer, ella era mi futuro, yo lo sabía; tenía que irme con ella.

- Iré contigo, amor de todos los tiempos y todas las vidas, prométeme que serás mía, hasta que todo termine.

Ella lloró de felicidad y acompañó mis lágrimas de tristeza mientras los barcos se alejaban de mi tierra, de mi corazón. Una nueva vida empezaba para mí y ella iba a ser el centro.

Así emprendí el viaje hacia las tierras vikingas. Cuando llegábamos al poblado empezaron abrazabarse entre ellos y algunos dirigían miradas y preguntas sobre mí, mi bruja con una gran sonrisa en sus labios me cogió de la mano y me arrastró a una enorme cabaña. Un hombre mayor salió de ella y la abrazño, yo hinqué mi rodilla en el suelo y le mostré mis respetos. El hombre se arrodilló delante mío y levanto mi cabeza para que nuestros ojos se encontraran.

- Bienvenido a casa, hijo mío.

Su padre nos dio unas tierras donde poder ambos vivir. Mi bruja estaba esperando mi primer hijo desde Irlanda, su vientre se había ido hinchado a lo largo del camino. Nos unimos bajo la supervisión de Odín y la diosa Freya

Tuve la gloria de vivir seis años más y ver nacer a mis cinco hijos, mi favorita era la pequeña, con el pelo color de fuego como su madre y con mi ojos de color agua, la llamé Eire. Enfermé solo un mes después del nacimiento del bebé. Yo era muy anciano y mi tiempo se había terminado, había vivido muchas cosas, había conseguido tener una familia y me iba del mundo corporal siendo el hombre más feliz del mundo.

- Mi bruja, mi amor - le susurré cuando vi que mi hora llegaba- ahora iré al mundo de los espíritus; cada vez que llueva sobre ti, cada vez que la brisa acaricie tu pelo, acuérdate de mí. Volveremos a estar juntos mi amor, en otras vidas y en otros sueños, no entristezcas pues has hecho de mi un hombre feliz.

Después de mis palabras cedí al impulso de que la muerte me llevara con ella.


Mi espíritu salió del cuerpo del druida, aún sentía aquel gran amor por aquella mujer. Me quedé un tiempo vigilando a mi familia. Luego decidí que era el momento de ceder al impulso y dejarme llevar a un nuevo nacimiento.